Resumen

Este documento sostiene una tesis sencilla. El patrimonio de una familia no está únicamente en sus cuentas. Está en sus personas, en su conocimiento, en sus ideas y en la libertad que tiene para decidir qué hacer con todo ello. Las instituciones que hoy administran el patrimonio privado fueron diseñadas para un mundo más lento, más cerrado y más homogéneo que el actual, y por eso miran el dinero con precisión y a la familia con retraso.

Roicè es nuestra respuesta: la creación del neo family office digital, sin fronteras y privado por diseño, con tecnología propia desarrollada desde dentro de las familias. Su propósito es el desarrollo patrimonial y personal íntimo de cada miembro de la familia, la transformación del mundo que la rodea y la solidificación de su legado y de sus sueños.

En las páginas siguientes explicamos de dónde venimos, qué problema vemos, qué creemos sobre la libertad, la privacidad, la tecnología, la confianza y el conocimiento, y qué nos comprometemos a hacer.

Prólogo

¿Por qué escribo esto?

Crecí en un mundo donde el patrimonio se hablaba en voz baja. Se administraba en oficinas que parecían museos, con apellidos grabados en placas de bronce y procesos que nadie explicaba del todo. Había mucho cuidado y mucha seriedad. Casi no había conversación. ¿Experiencia? Claro que había, pero también había límites a las ideas.

Con los años entendí que ese silencio no protegía a las familias. Las dejaba solas frente a lo más importante que tienen: decidir qué hacer con lo que han construido y con quienes lo van a heredar.

Vi familias que tenían todo en orden en los papeles y nada resuelto en la mesa. Vi hermanos que se enteraron de la magnitud de su herencia el día de una firma. Vi padres que querían transmitir algo más que bienes y no encontraban el modo, y herederos brillantes que sentían que su vida ya estaba escrita por otros. Vi también lo contrario: familias que lograron hablar, decidir juntas y construir sobre lo recibido algo mayor. La diferencia casi nunca fue el tamaño del patrimonio. Fue la calidad de la conversación, del acompañamiento, de las decisiones y la visión personal de cada uno de ellos.

Roicè nace de esa observación. Lo fundamos personas que vivimos dentro de ese mundo, no desde afuera. Conocemos sus pasillos, sus reuniones incómodas y sus cenas de domingo donde se decide más que en cualquier consejo y la intimidad de un consejo de amigos. Este documento es nuestra manera de decir, con claridad y sin adornos, qué creemos y qué prometemos.

No es un folleto. Es la base sobre la que tomamos decisiones y lo que nos hizo nacer. Si algún día actuamos en contra de lo que dice aquí, quiero que cualquiera de ustedes pueda señalarlo.

I. ¿Qué es Roicè?

Roicè crea un concepto: el neo family office. Es una institución digital de gobierno patrimonial y desarrollo familiar, construida desde su origen para las familias de esta época.

Un family office tradicional administra activos. Un neo family office parte de otra pregunta: ¿qué necesita esta familia, en concreto, para que su patrimonio, su gente y sus proyectos crezcan juntos y en la misma dirección?

Esa pregunta cambia la forma de trabajar. Roicè no se limita a invertir, estructurar o reportar, aunque hacemos todo eso con rigor institucional. Nos ocupamos del patrimonio y de las personas que lo viven, y los tratamos como uno solo. Un patrimonio bien gobernado en una familia que no se entiende está mal gobernado. Una familia unida con un patrimonio sin dirección está en riesgo. Trabajamos en las dos cosas a la vez, porque son una.

Tres rasgos nos definen.

Somos digitales de origen. No digitalizamos un modelo antiguo. Pensamos la institución desde el principio como una organización de nuestro tiempo: ágil, continua, sin fronteras de oficina ni de horario.

Somos multijurisdiccionales de origen. Las familias que servimos tienen activos, hijos, empresas y raíces en varios países a la vez. Eso no es una expansión para ellas, es su condición normal y su estilo de vida. Nuestra capacidad de gobernar el patrimonio entre jurisdicciones, de forma simultánea y coherente, es parte de lo que somos y no un servicio añadido.

Somos privados de origen. Operamos en un entorno cerrado, accesible sólo a personas verificadas y vinculadas con nosotros. No existe versión pública de lo que hacemos por nuestras familias.

II. El problema que nos llevó a crearla

Hay cinco tensiones que vemos una y otra vez. Ninguna aparece en un estado financiero y las cinco definen el destino de un patrimonio.

  1. La familia cambia más rápido que quien la administra.

    Las familias no son estructuras fijas. Se casan, se separan, emigran, emprenden, enferman, tienen hijos con visiones distintas a las de sus padres, cambian de residencia, de profesión y de convicciones. Esos cambios son permanentes y son los que más afectan al patrimonio. Sin embargo, la banca tradicional los registra tarde, mal o nunca. Los sistemas que usa fueron hechos para clientes que cambian poco. Entre lo que la familia es hoy y lo que figura en sus documentos suele haber años de distancia, y es en esa distancia donde se pierde valor, tiempo y confianza.

  2. Falta atención real.

    Quien administra el patrimonio rara vez conoce de verdad a quien lo hereda. Se atiende al titular y se ignora al resto. La siguiente generación, que tomará las decisiones dentro de unos años, llega al día de la sucesión sin haber sido escuchada ni preparada. Atender no es responder correos. Es entender qué le importa a cada persona, qué teme y qué quiere construir.

  3. El patrimonio vive fragmentado.

    Cuentas en un país, empresas en otro, inmuebles en un tercero, asesores que no se hablan entre sí. Cada pieza puede estar bien administrada y el conjunto no responde a nadie. La familia termina siendo el único punto de integración de su propia riqueza, y eso la agota. Pocas cosas desgastan tanto como ser tu propio coordinador.

  4. La transición generacional se improvisa.

    Se habla de ella como un evento: un testamento, una firma, un fallecimiento. En realidad es un proceso de décadas y de intimidad, que empieza cuando una familia decide qué quiere transmitir y termina mucho después de que el patrimonio cambia de manos. Casi nadie lo acompaña de principio a fin.

  5. La privacidad se trata como un trámite.

    En un mundo de datos expuestos, filtraciones y vigilancia, entregar la información más sensible de una familia a sistemas ajenos y abiertos se aceptó como algo normal. Nosotros creemos que no lo es, y que quien guarda lo más íntimo de una familia debe ganarse cada día ese lugar.

Estas tensiones tienen un origen común: las instituciones se organizaron alrededor del producto y no alrededor de la familia. Por eso saben mucho de instrumentos financieros y poco de la gente que los usa. Roicè invierte esa jerarquía.

III. La gran convergencia

Hoy coinciden, por primera vez, tres fuerzas que van a redefinir el patrimonio privado.

La primera es la mayor transferencia generacional de riqueza que se ha visto. Decenas de billones de dólares cambiarán de manos en pocas décadas, hacia personas que piensan, trabajan y viven de forma muy distinta a quienes construyeron esa riqueza, o que la han construido ellos mismos.

La segunda es la madurez de la tecnología. Ya existe la capacidad de comprender, conectar y gobernar patrimonios complejos con una precisión impensable hace una década, y de hacerlo con más cuidado, más rapidez y menos intermediarios.

La tercera es un cambio de valores. La generación que hereda no mide el éxito como lo midieron sus padres. Valora la autonomía por encima del estatus, la coherencia por encima de la apariencia, la experiencia por encima de la posesión y la libertad por encima de la comodidad. Quiere entender lo que tiene, participar en lo que se decide y poder irse de cualquier sitio donde no se le respete.

Cada fuerza, por separado, ya sería un cambio importante. Juntas son un cambio de época. Las instituciones pensadas para el siglo anterior pueden ajustarse a una de ellas, pero difícilmente a las tres a la vez. Hace falta una nueva. Esa es la razón de ser de Roicè.

IV. La pregunta de identidad y pertenencia

Hay algo que casi nunca aparece en las conversaciones sobre patrimonio y que me parece central: las generaciones actuales viven una transición silenciosa de identidad y pertenencia.

Quienes nos antecedieron crecieron con un mapa claro. Había un lugar de origen, una profesión que se heredaba o se elegía de un menú corto, una comunidad estable y una idea compartida de lo que significaba triunfar. Ese mapa daba seguridad. También imponía límites, pero a cambio ofrecía algo valioso: saber de dónde se venía y hacia dónde se iba.

Las generaciones de hoy crecieron sin ese mapa. Estudian en un país, trabajan en otro y tienen familia y amigos repartidos en varios. Hablan varios idiomas y se sienten, a veces, de ningún lugar o de muchos. Tienen más opciones que nadie en la historia y, con frecuencia, menos certezas. Están conectadas con todo el mundo y, a la vez, anhelan un vínculo que se sienta real. Reciben un apellido, un patrimonio y una expectativa, y se preguntan: ¿esto es mío o es de otros? ¿Me corresponde continuarlo, transformarlo o dejarlo? ¿Dónde pertenezco, si pertenezco a varios lugares?

El contraste es profundo. Antes, la identidad se recibía hecha y se defendía. Hoy, por primera vez, se construye y se negocia, y casi siempre en una batalla en soledad por nuestros propios ideales. Antes, pertenecer era una condición. Hoy es una elección que hay que renovar. Eso es una libertad enorme y también un peso enorme.

Esa pregunta casi siempre se responde en solitario o, peor, en medio de un conflicto familiar. Un patrimonio que no ayuda a responderla se vuelve una carga elegante: se tiene todo y no se sabe qué hacer con ello.

Creemos que una institución patrimonial moderna tiene que tomarse en serio esta pregunta. Heredar no es solo recibir bienes, sino también es decidir quién se quiere ser con ellos. Acompañamos esa decisión con la misma seriedad con que acompañamos cualquier inversión.

V. La libertad como valor fundamental

Si tuviera que elegir una sola palabra para describir lo que Roicè defiende, sería libertad. Pero hay que decir qué significa, porque es una palabra que se usa mucho y se respeta poco.

Libertad como libre empresa.

Creemos en el derecho de las personas a emprender, a arriesgar y a construir. Un patrimonio que sólo se conserva envejece y pierde valor. Uno que se pone a trabajar en proyectos propios, con criterio y visión de largo plazo, se renueva. La libre empresa es el motor que convierte lo heredado en algo vivo.

Libertad como libre desarrollo de los negocios.

Cada familia tiene una forma de crear valor. No queremos que ninguna entre en un molde. Nuestro trabajo es abrirle caminos, ordenar lo que estorba y quitarle fricciones para que sus negocios se desarrollen con autonomía.

Libertad como libres derechos.

Las personas tienen derecho a decidir sobre su propiedad, sobre su información y sobre su vida. Esos derechos no se negocian, y los defendemos siempre dentro del marco legal de cada jurisdicción en la que operamos.

Libertad como dueños de nuestro propio destino.

Quizá esta sea la más profunda. Ser libre es poder elegir con información, con tiempo y con respaldo, y no con urgencia ni con miedo. El dinero es un medio para eso. Lo que de verdad se hereda es la posibilidad de decidir.

Una institución que se dice al servicio de la libertad no puede condicionar la de sus clientes. Por eso nuestro modelo se basa en que la familia siempre conserva el control, el conocimiento y la última palabra. No creamos dependencias. Creamos capacidad.

VI. La privacidad como derecho, no como política

Muchas instituciones dicen respetar la privacidad. Casi todas lo hacen mediante una política: un documento que describe lo que prometen no hacer. Eso es insuficiente.

Una promesa se puede romper, reinterpretar o cambiar con un aviso de actualización. Por eso en Roicè la privacidad es un principio de diseño. Se decide antes de construir, no después de que algo salga mal.

Esto tiene consecuencias concretas.

Primera: Roicè no es un espacio público. Es un ambiente cerrado, al que sólo accede quien ha sido verificado y tiene un vínculo real con nosotros. No hay escaparate, no hay catálogo abierto, no hay curiosos.

Segunda: la información de una familia pertenece a esa familia. No es un insumo para terceros, no se negocia y no alimenta ningún negocio ajeno al suyo.

Tercera: cada persona ve únicamente lo que le corresponde ver. Dentro de una misma familia, no todos necesitan saberlo todo, y proteger eso también es respetar a las personas.

Cuarta: lo mínimo necesario. Recogemos y conservamos sólo lo que hace falta para servir bien a la familia, y nada más.

Quinta: la privacidad convive con el orden. Operamos con transparencia hacia las autoridades competentes en cada jurisdicción y dentro de la ley. Proteger la intimidad de una familia no significa esconderla. Significa que quien debe saber lo sabe, y quien no debe saber no se entera.

En una época en la que casi todo se expone por defecto, creemos que la discreción es una forma de seguridad y también una forma de dignidad.

VII. Nuestra postura sobre la tecnología

Somos una institución tecnológica. Lo decimos sin rodeos, porque creemos que ninguna institución patrimonial del siglo XXI puede dejar de serlo.

Pero importa cómo se llega ahí. La mayoría de las empresas financieras adquieren tecnología hecha para otros y la adaptan como pueden. El resultado son procesos que se parecen a todos los demás y que no entienden a ninguna familia en particular. Es la tecnología del promedio, aplicada a quienes no lo son.

Nosotros tomamos el camino opuesto. Hemos desarrollado nuestra propia tecnología, de forma nativa y exacta, desde dentro de las propias familias y con carácter cerrado. No la compramos ni la importamos. Nació de problemas reales, vividos y resueltos con quienes los tenían. Por eso encaja con lo que una familia necesita en lugar de obligarla a encajar con un producto.

Que sea nativa significa que fue pensada desde el principio para este trabajo. Que sea exacta significa que responde a necesidades concretas y no a modas. Que sea cerrada significa que no es un producto que se ofrece al mercado ni una plataforma abierta: está al servicio de quienes forman parte de Roicè y de nadie más.

Esa tecnología responde a cuatro convicciones.

La tecnología debe servir a las personas y no al revés. Su mejor resultado es devolver tiempo, claridad y tranquilidad.

La tecnología no sustituye el juicio ni la relación humana. Las amplía. Las decisiones importantes de una familia las toman personas, y nuestra labor es que las tomen mejor informadas.

La tecnología nunca debe comprometer la privacidad. Si una capacidad exige exponer lo que no debe exponerse, no la construimos.

La tecnología debe ser comprensible. Una familia tiene derecho a entender qué se hace con su patrimonio y por qué. Lo que no se puede explicar no se debe usar.

No hablamos aquí de herramientas concretas, y es deliberado. Lo que importa es el principio: una tecnología hecha a la medida y a puerta cerrada, que protege lo que toca.

VIII. Confianza entre iguales

Confiar en quien administra tu patrimonio es difícil cuando esa persona no entiende tu mundo. Se nota en las preguntas que hace, en lo que da por sentado y en lo que no alcanza a ver.

En Roicè, las personas que atendemos pertenecen al mismo mundo que quienes la fundamos. Conocemos las dinámicas de las familias empresarias, el peso de un apellido, la presión de continuar algo que otros construyeron, el cansancio de explicar siempre desde cero y la soledad de ciertas decisiones. Hablamos como pares y no como proveedores.

Esa cercanía es la base de todo lo demás. Nadie abre su casa, sus proyectos y sus dudas a una institución que no siente cercana. Y ninguna institución puede cuidar bien lo que no entiende de verdad.

La confianza tiene para nosotros tres componentes:

  • Competencia: que hagamos bien lo que decimos que sabemos hacer.
  • Carácter: que seamos los mismos cuando nadie nos mira y cuando conviene menos.
  • Cuidado: que lo que protegemos nos importe de verdad, no por contrato sino por convicción.

La confianza no se declara. Se construye con coherencia, con discreción y con el tiempo. Aspiramos a ganarla cada día y no a darla por hecha.

IX. El conocimiento como verdadero capital

Quiero plantear aquí la idea que, para mí, sostiene todo lo demás.

Se suele pensar que el patrimonio es lo que está en las cuentas. Yo creo que la fuente de lo que una familia es y puede llegar a ser está en su conocimiento, en su capital intelectual y en la calidad de sus ideas.

El dinero se puede perder en una mala década. Las propiedades se pueden vender y las empresas tienen ciclos. Lo que permite reconstruir, reinventar y volver a empezar es lo que las personas saben y la manera en que piensan. Las familias que han atravesado generaciones lo han hecho sobre todo porque supieron aprender y transmitir un modo de ver el mundo, más que por haber conservado un saldo.

Por eso hablamos de un patrimonio con varias dimensiones que se alimentan entre sí:

  • El capital financiero: lo que se tiene y se invierte.
  • El capital intelectual: lo que se sabe, se crea y se decide.
  • El capital relacional: las personas, los vínculos y la confianza.
  • El capital identitario: los valores, la historia y el sentido de pertenencia.

Una familia que sólo cuida el primero está descuidando la raíz de los otros tres. Una que cuida los cuatro se vuelve resistente. Para nosotros, conservar y hacer crecer un patrimonio equivale a conservar y hacer crecer a las personas que lo llevan. Su formación, su criterio, su curiosidad y su capacidad de crear importan tanto como cualquier posición financiera.

Un patrimonio bien gobernado financia las ideas de una familia. Una familia con buenas ideas multiplica su patrimonio. Esa relación es el núcleo de lo que hacemos, y por eso invertimos tanto esfuerzo en que cada miembro entienda, aprenda y se anime a proponer.

X. El desarrollo íntimo de cada persona

De lo anterior se desprende algo que nos distingue: Roicè busca el desarrollo patrimonial y personal íntimo de cada miembro de la familia.

Cada persona tiene su propia historia, sus tiempos, sus ambiciones y sus miedos. No es lo mismo quien está por heredar que quien está por emprender, quien acaba de formar una familia o quien se está preguntando qué quiere hacer con su vida. Tratarlos a todos igual es una forma de no verlos.

Por eso nuestro trabajo no se mide sólo en rendimientos. Se mide también en si una persona toma mejores decisiones, si entiende lo que tiene, si se siente acompañada y no vigilada, y si se acerca a la vida que quiere vivir.

Íntimo quiere decir tres cosas. Quiere decir personal, porque cada quien tiene su propio camino. Quiere decir privado, porque lo que cada persona nos confía no es de nadie más. Y quiere decir profundo, porque no nos interesa sólo lo que una persona hace, sino lo que busca.

Acompañamos a cada miembro de la familia sin reemplazar su voz. El objetivo es que cada quien llegue a ser más autónomo y más capaz.

XI. La transición generacional como proceso

La transición generacional es el momento de mayor riesgo y de mayor oportunidad en la vida de una familia. Y casi siempre se afronta tarde.

La vemos como un proceso con cuatro movimientos que se superponen.

Entender. Antes de transmitir, hay que saber qué se tiene, qué se quiere conservar y qué se está dispuesto a cambiar. Esto incluye lo visible, como activos y estructuras, y lo invisible, como valores, acuerdos tácitos y heridas sin resolver.

Preparar. Quien va a recibir necesita tiempo para formarse, equivocarse en pequeño y construir criterio propio. Un heredero que se entera de todo el día de la sucesión llega a decidir sin haber practicado.

Transmitir. Es el paso gradual de responsabilidad, información y decisión. No ocurre en un día. Ocurre en años, con pasos medidos y con respeto a ambas partes: a quien suelta y a quien recibe.

Renovar. Cada generación tiene derecho, y casi obligación, de reinterpretar lo recibido. Una transición que sólo conserva termina siendo una transición fallida. La que renueva sin romper es la que mantiene vivo el linaje.

Nuestro papel es sostener esos cuatro movimientos con atención continua, sin dramatismo y sin prisa, y con una premisa: la mejor transición es aquella en la que nadie siente que perdió algo esencial.

XII. Gobernar sin fronteras

La mayoría de las instituciones nacieron en un país, para ese país, con las reglas de ese país. Sus clientes internacionales son una excepción que se atiende con soluciones añadidas y con una infinidad de proveedores secundarios.

Para las familias que servimos, lo internacional es la regla. Los hijos estudian fuera, los negocios cruzan fronteras, los activos se reparten, y cada jurisdicción tiene su propia lógica fiscal, legal y cultural. Gobernar un patrimonio así exige entender cada marco y, sobre todo, lograr que todos funcionen como un solo sistema coherente.

Esa es una de nuestras capacidades centrales: gobernar el patrimonio entre jurisdicciones de manera simultánea y ordenada, sin que la familia tenga que ser el pegamento entre piezas que no se hablan. Lo hacemos con respeto estricto por la ley de cada lugar y con la convicción de que el orden y la libertad se refuerzan entre sí.

No tenemos un "país principal". Tenemos familias, y cada una vive donde vive.

XIII. Cómo impactamos al mundo

Creemos que el patrimonio privado es una de las fuerzas más grandes y menos reconocidas para transformar el mundo. Las familias con recursos, tiempo y visión de largo plazo pueden financiar empresas, investigación, cultura, educación y comunidades de un modo que ni los gobiernos ni los mercados de corto plazo logran.

Nuestro impacto sigue esa lógica. No lo medimos por la cantidad de activos que administramos. Lo medimos por lo que nuestras familias hacen posible a su alrededor: los negocios que nacen, los empleos que se crean, las ideas que se financian y las personas que se forman.

Cuando una familia está bien gobernada, ordenada, informada y en paz consigo misma, deja de gastar energía en defenderse y la dedica a construir. Ese es el efecto multiplicador que buscamos. Un patrimonio sólido en manos de personas libres, con propósito y conocimiento, transforma su entorno.

También creemos que el ejemplo cuenta. Si logramos demostrar que es posible gobernar un patrimonio con modernidad, privacidad y humanidad al mismo tiempo, elevamos el estándar de toda una industria. Ese es un impacto que no se factura, pero que sí se nota.

XIV. Legado y linaje

Hablar de legado no es hablar del pasado. Es hablar de lo que quedará dentro de cincuenta años.

Un linaje se sostiene en lo que cada generación decide llevar adelante, y rara vez en los bienes que recibe. Se sostiene en los valores que se transmiten, en las historias que se cuentan y en las decisiones que se toman con la mirada puesta en quienes todavía no han nacido.

Nuestra tarea es ayudar a solidificar ese legado y también los sueños de cada generación. El apellido que se hereda y el proyecto que cada quien sueña deben poder convivir. Un legado que impide soñar se vuelve una jaula. Un sueño que ignora el legado se queda sin raíces.

Queremos que una familia que trabaja con Roicè pueda decir, dentro de varias décadas, que supo conservar lo esencial, que se atrevió a cambiar lo necesario y que llegó unida a ese futuro.

XV. Lo que Roicè no es

A veces una definición se entiende mejor por contraste.

Roicè no es un banco ni una gestora masiva. No vendemos productos por volumen ni perseguimos a un cliente promedio.

Roicè no es un club de apariencias. No nos interesa el estatus. Nos interesa que las familias estén bien.

Roicè no es un supermercado abierto. No hay público general ni oferta para quien llegue. Hay vínculos verificados y trabajo a la medida.

Roicè no es una caja negra. Aunque protegemos la intimidad, explicamos lo que hacemos y por qué.

Roicè no es un reemplazo de la familia. Es un apoyo para que la familia decida mejor, nunca una autoridad sobre ella.

Nuestros compromisos

Estas son las promesas que sostenemos y por las que pueden pedirnos cuentas:

  1. Pondremos siempre a la familia al centro, con la última palabra en sus manos.

  2. Protegeremos su privacidad por diseño y no por promesa.

  3. Veremos a cada persona y no sólo al titular.

  4. Seremos transparentes en lo que hacemos y claros en lo que no hacemos.

  5. Construiremos nuestra tecnología al servicio de las personas y la mantendremos cerrada y bajo nuestro cuidado.

  6. Acompañaremos la transición generacional como un proceso y no como un trámite.

  7. Defenderemos la libertad de nuestras familias para emprender, decidir y ser dueñas de su destino.

  8. Seremos pares de quienes servimos: cercanos, discretos y coherentes.

  9. Trataremos el conocimiento como el capital más valioso y lo cultivaremos.

  10. Gobernaremos entre jurisdicciones con rigor, cumpliendo la ley de cada lugar.

  11. Diremos la verdad aunque no sea la más cómoda.

  12. Revisaremos este documento cada vez que el mundo cambie lo suficiente como para exigirlo.

Una invitación

Roicè no es para todos, y no pretende serlo. Es para familias que entienden que su patrimonio es una responsabilidad y también una oportunidad, y que quieren gobernarlo con claridad, con privacidad y con libertad.

Es para quienes sienten que las instituciones de siempre ya no los ven y que están listos para algo distinto, serio y hecho a su medida.

Creemos que el futuro del patrimonio no se decidirá en las oficinas que lo han administrado hasta ahora, sino en las conversaciones honestas que las familias se atrevan a tener y en las instituciones que sepan acompañarlas con inteligencia y respeto.

Si te reconoces en estas páginas, probablemente ya somos parte del mismo mundo.

Bienvenido a Roicè.

— El fundador

Los principios son el fundamento. El mecanismo y el argumento se construyen sobre ellos.